Un día muy duro
Hace ya muchos meses que tomé la decisión de darle un giro a mi vida profesional. Para ello, diseñé con la colaboración inestimable de otro compañero un proyecto de lo que algún que otro psiquiatra denominaría ‘mi proyecto vital’. No me propongo hacerme el héroe, sin embargo no exagero cuando digo estar seguro de que aquel cambio de rumbo, supuso renunciar a muchas comodidades o mejor dicho una vida tranquila. No me siento especial por ello, pero creo que es importante dejarlo claro. Como todo el mundo a lo largo de todo este tiempo, he pasado por una gran variedad de momentos: buenos, malos y regulares. Sin embargo son los peores los que más me hacen reflexionar y analizar todo mi entorno. Hoy, se podría decir que he pasado por uno de esos días que no me gustaría recordar. Han sido muchas las sensaciones que he experimentado en apenas quince horas y después de no hablar demasiado y pensar mucho, en la tranquilidad de mi despacho, delante de mi ordenador creo poder ponerlas todas en pie.
Para mi, nunca es fácil prescindir de un compañero. Me gusta trabajar en equipo y a veces tengo la sensación de querer implicar a demasiada gente en mis proyectos. Aunque esto lo deben decir otros (están abiertos los comentarios para ratificarlo o desmentirlo) me considero una persona asertiva porque siempre me gustó escuchar a los demás. En mi opinión en cualquier equipo hay que apostar sin fisuras por la interacción, aunque cause arañazos o cosas peores. Describo todo esto porque como podrás imaginar hoy he tenido que prescindir de dos miembros de mi equipo. Si soy sincero y al contrario de lo que he leído, no me ha causado ningún placer. Ha sido una decisión meditada y sopesada cuyas consecuencias nos frenaron con anterioridad.
Sin embargo, quería reflexionar sobre el valor del espíritu humano y la capacidad de desarrollar retos. He conocido a personas que sólo con su determinación han conseguido metas para la mayoría inalcanzables. Cuántas veces habremos escuchado hablar sobre el poder de la fé, dicen que mueve montañas y sin ella mucho de lo que nos rodea sencillamente no existiría. A menudo mucha gente se queja de no poder verme porque siempre estoy ‘liado’ y vuelvo a dejar claro no tener el autobombo como objetivo de este artículo. Yo, al contrario de muchos, estoy enamorado de mi trabajo. Soy informático y amo la programación, desarrollar un proyecto me invade completamente y hasta que no lo consigo no me gusta desistir. Por eso quizás sufra demasiado cuando las cosas no marchan y tengo verdaderos malos momentos cuando se constata un fracaso. Los que me conocen saben que no exagero, han sido muchas noches eternas, pero de momento tengo claro que el éxito es un cúmulo de fracasos por lo que sigo teniendo sueños por cumplir e intento luchar por ellos con la única determinación de mi pasión. Por eso, cuando me enfrento con personas que ven sus proyectos sin ése espíritu arrebatador me encuentro desubicado. Me agobio por no lograr implicarlos y a veces esa frustración me arrastra a un lado poco amable. Somos lo que hacemos, nuestras acciones son nuestro legado y pienso que deben dibujar nuestra silueta delante de los demás. Cada vez creo más firmemente que el gran problema de nuestra sociedad es la falta de pasión, no amamos lo que hacemos y de ahí quizás venga todo lo demás o tal vez todo sea mucho más sencillo. No lo sé.
De momento no comprendo muchas de las sensaciones por las que he pasado hoy, ni siquiera sé si hemos tomado la decisión correcta, pero de lo único que estoy seguro es que sólo han sido un ejercicio de coherencia con nosotros mismos, con el trabajo realizado durante muchos meses, una forma de ayudar al proyecto que un día iniciamos con pasión y probablemente con una cierta dosis de locura. Cuando algún día alcancemos el objetivo, el éxito será de todos, incluso de los que tuvistéis que abandonar el barco antes de tiempo. Por eso os doy las gracias y os deseo toda la suerte del mundo.
